Miguel Ramírez / Colaborador
Cada año, cuando se acerca el Super Bowl, Michoacán vuelve a aparecer en los titulares nacionales e internacionales. No es casualidad. Desde hace más de una década, el estado se ha consolidado como líder indiscutible en la producción y exportación de aguacate, un fruto que se ha convertido en emblema económico, agrícola y hasta cultural de México ante el mundo.
Las cifras son contundentes: Michoacán concentra la mayor superficie certificada para exportación, abastece de manera constante al mercado estadounidense y ha logrado posicionar su aguacate como sinónimo de calidad global. La escena se repite año con año: millones de toneladas cruzan la frontera para satisfacer la demanda de uno de los eventos de consumo más grandes del planeta. Desde esa lógica, el “oro verde” parece una historia de éxito incuestionable.
Pero detrás del festejo exportador hay una realidad que exige una lectura más profunda.
El aguacate también es una industria profundamente extractiva, donde la mayor parte del valor agregado no se queda en los territorios que lo producen. Mientras las exportaciones rompen récords y las ganancias se concentran en grandes empacadoras y comercializadoras, miles de pequeños productores siguen atrapados en esquemas desiguales, con márgenes reducidos, altos costos de certificación y una dependencia casi absoluta de intermediarios.
Más abajo en la cadena están los jornaleros agrícolas, quienes sostienen la producción con su trabajo cotidiano. Jornadas largas, ingresos bajos, escasa seguridad social y condiciones laborales que pocas veces reflejan el valor internacional del producto que ayudan a cosechar. El aguacate genera riqueza, sí, pero no siempre bienestar distribuido.
A esto se suma el impacto ambiental. El crecimiento acelerado de la industria ha presionado los ecosistemas, el uso del agua y el suelo, y ha obligado al Estado a desplegar mecanismos de vigilancia forestal para frenar la deforestación asociada a la expansión ilegal de huertas. El problema no es el aguacate en sí, sino un modelo que durante años privilegió el volumen y la exportación por encima del equilibrio territorial.
Reconocer estas tensiones no significa negar el liderazgo de Michoacán. Al contrario: ser potencia mundial implica también asumir responsabilidades mayores. El reto ya no es producir más, sino producir mejor; no solo exportar, sino redistribuir; no solo competir en mercados internacionales, sino garantizar condiciones dignas para quienes hacen posible esa competitividad.
Hoy, cuando Michoacán vuelve a “anotar touchdown” en el mercado global, vale la pena preguntarse si ese triunfo se refleja de la misma manera en las comunidades productoras, en los ejidos, en las empacadoras locales y en los hogares de quienes viven del campo. El verdadero éxito del aguacate no se medirá solo en toneladas exportadas, sino en su capacidad para convertirse en palanca de justicia social, desarrollo regional y sostenibilidad.
